jueves, 19 de octubre de 2017

UN DÍA PARA NO OLVIDAR

 

Por fin el sábado está aquí, la semana ha sido demasiado cansada y estresada, todavía no sabe cómo consiguió terminarla.

Gira la cabeza sobre el lado derecho y mira el reloj despertador, pronto darán las 9:00.
Afuera el día parece asomarse bueno, el mes de octubre promete no dar paso al otoño.

Vuelve a girarse sobre el lado izquierdo con intención de dormir otro rato, pero ya el sueño se ha ido. Será mejor sacar los pies fuera de la cama, descalza camina hacia la cocina, enciende la cafetera y coloca una taza debajo del dispensador, mientras el oro líquido – que la mantendrá con energía durante la mañana – cae con lentitud dentro vuelve sobre sus pasos y se cepilla los dientes después de recoger el pelo en una cola alta.

Una hora más tarde saca del armario ropa de correr y sale a la calle en dirección al bosque. Le gusta correr por esa zona, los árboles ocultan los rayos fuertes del Sol y la frescura del río favorecen el paseo y la carrera.

Dos kilómetros de recorrido más tarde el paseo fluvial termina para dar paso al centro de la civilización.

Unos estiramientos, un buen trago de agua y la carrera se reanuda en dirección contraria. A mitad del camino un tirón en la pierna derecha hace que de pronto tenga que sentarse en uno de los bancos situados a lo largo del camino del río.

—¿Todo bien? —le pregunta un corredor parándose frente a ella mientras se quita los auriculares.

—Nada importante —responde ella con sonrisa de agradecimiento escondida detrás del dolor producido— un simple tirón.

—Tu cara no revela lo mismo, déjame ayudarte.

El recién llegado desata los cordones de la zapatilla para quitársela y libera el pie del calcetín, con manos expertas comienza un masaje que sube desde el tobillo hasta la rodilla haciendo que la pierna femenina se vaya relajando.

—Me llamo Héctor.

—Yo soy Lucía.

—Lo sé —responde él sin mirarla.

—¿Lo sabes?, ¿Nos conocemos?

—Digamos que nadie nos ha presentado, pero juega a mi favor la buena memoria.

—Pues la mala juega en mi contra.

—Esto ya está —responde Héctor cogiendo el calcetín que está dentro de la zapatilla— debes tener cuidado al hacer los estiramientos.

—Gracias, ya la hago yo —responde Lucía a la vez que se apresura a calzarse ella misma.
Mientras ata los cordones él se sienta a su lado.

—¿Por qué sabes mi nombre?

—Los dos coincidimos en el mismo gimnasio y escuché en más de una ocasión al instructor decir tu nombre y recordarte lo que yo acabo de decirte.

—Vaya…

Se pone de pie y se gira para dar las gracias y seguir su camino.

—Lamento que hayas parado tu ritmo por mi culpa.

—Te acepto un refresco a cambio.

La chica se sonroja.

—¡Ay!, lo lamento, no traigo dinero.

—En esta ocasión te invito yo, pero queda pendiente la tuya. ¿Aceptas?

—Acepto.

A ritmo de paseo comienzan a caminar al borde del río hasta llegar a la carretera, una vez en el asfalto suben la empecinada cuesta, dejan atrás algunas casas y finalmente llegan a una zona de bares y tiendas. Se quedan un rato de pie en la terraza hasta que una de las mesas queda libre.

El camarero pronto llega con las bebidas frías y en silencio se toman un buen trago.

—Realmente soy muy despistada porque tampoco te he visto nunca por este bosque.

—Pues que sepas que es mi lugar favorito para correr.

Dos refrescos más tarde Lucía se sorprende a si misma invitando a su nuevo amigo a comer.

—Los sábados nunca cocino, es el único día de la semana que me lo paso de picoteo.

—¿Tu sola?

—Depende, unas veces sí y otras con alguna amiga.

—Dame una hora para ducharme y paso a recogerte. ¿Aquí o prefieres vernos en otra parte?

—Dentro de una hora aquí está perfecto.

Héctor la ve acercarse caminando hacia el bar donde han quedado. Su andar es muy femenino, calza unos altos tacones que le impiden aligerar el paso, una falda de tela fina se abre a sus pasos y el fino tirante de su blusa se empeña en bajarse por el brazo dejando su hombro al descubierto y dándole un toque muy sexy. La melena castaña va suelta y peinada informal. Apenas un poco de maquillaje y los labios con brillo.

Deja el asiento donde está sentado y se acerca para saludarla con dos besos en la mejilla.
Mientras se acerca ella tiene el tiempo justo para pasarle revisión a su aspecto.

Pantalón de vestir, camisa ligera y mocasines en los pies. Recién afeitado y el cabello peinado con gomina.

—¿Algún sitio en especial?

—En el centro hay un restaurante italiano que cocina unas lasañas de muerte. ¿Te gusta la comida italiana?

—Me parece una comida perfecta.

El camino hasta el lugar elegido por Lucía está a unos treinta minutos caminando, durante el trayecto los dos se ponen al día de los respectivos trabajos.

Los dos trabajan en lo que les gusta, aunque ninguno de los dos vive para el trabajo. Ambos están de acuerdo en que la vida debe vivirse lo mejor que se pueda, disfrutar de ella es además de bonito, necesario.

Los dos coinciden en que aquella pequeña ciudad es nueva para ellos, provienen de grandes ciudades y haber recalado en un lugar más pequeño les alegra.

La comida está excelente y los postres inmejorables.

—A este delicioso manjar debemos hacerle la digestión caminando un rato, ¿estás de acuerdo?

—Completamente de acuerdo.

Caminan sin rumbo fijo y acaban al lado de un parque donde unos pequeños juegan.

—¿Te gustan los niños?

Ella lo mira de reojo.

—Sí, son el elixir de la vida, la continuación de nosotros.

La siguiente respuesta deja a la mujer desencajada por la repentina sinceridad.

—A mi mujer no le gustan.

—¿Estás casado?

—Estoy divorciándome.

—Lo siento.

—Yo no. No quiero pasar la vida al lado de una mujer que no quiera tener hijos.

—La vida en pareja es mucho más que eso.

—La vida en pareja es un conjunto de muchas cosas y entre ellas están los hijos.

Emprenden el camino hasta llegar frente a un centro comercial.

—¿Te arriesgas a cenar algo cocinado por mí?

—Si cocinas tan bien como das los masajes debes de ser un excelente chef.

Héctor la mira levantando una ceja y haciendo una mueca.

—Me quedé en la rodilla, a medida que la mano sube soy aún mejor.
Sonrojada entra en el supermercado.

—Disculpa mi comentario de antes.

La mira sonriendo. —¿Cuál comentario?

Empujando un carrito de la compra Héctor va metiendo dentro pan, verduras, fruta… En la sección de vinos coge una botella de blanco frio.

Con las bolsas en la mano llegan a la calle.

—Hay un problema —suelta de pronto el chico.

Ella lo mira interrogativa.

—Yo vivo en un hostal, no tengo cocina.

—¿Bromeas? ¿Qué hacemos ahora con todo esto?

—¿Me prestas tu cocina?

Un poco recelosa al principio por la inesperada propuesta acaba aceptando.
Mientras Lucía abre la puerta Héctor carga con las bolsas y sigue a la dueña de la casa hasta la cocina.

—¿Quiere un delantal señor cocinero?

—Por favor, que sean dos, señorita ayudante, no te salvarás —dice él con una sonrisa preciosa.

—Voy sacarme esta tortura de calzado, siéntete como en tu casa.

Mientras camina por el pasillo puede escuchar como abre las alacenas de la cocina y coge unos vasos, cuando regresa él le tiende uno con el vino que acaban de comprar.

—¿Por qué brindamos?

—Por una velada distinta —responde Héctor.

Beben de sus respectivos vasos sin dejar de mirarse a los ojos, sin un roce se tocan el alma.

Con destreza las verduras pasan de la bolsa a la olla; mientras ella pela las frutas para convertirlas en una saludable ensalada él pasa los filetes de pescado por la sartén. En algún momento uno de los dos puso música y las conversaciones giran en torno a los gustos musicales, de películas e incluso de libros.

—Reconozco que ha sido una velada maravillosa —asegura ella.

—Diferente…

—¿Diferente a qué?

—A cualquiera otra noche.

—Las mías son todas iguales.

—¿Sigues queriendo saber cómo terminan mis masajes?

En silencio lo guía hasta su habitación, no fueron necesarias las palabras bastaron los besos de él para llevarla al más profundo de los deseos, cada caricia despierta algo distinto de lo que nunca ha sentido antes; las ropas son despojadas y tiradas sin orden.

No se escuchaba en toda la estancia otro sonido que los quejidos salidos de sus bocas, quejidos de deseo y pasión.

El amanecer sorprende a Lucía con un rayo de Sol entrando por la ventana, somnolienta se incorpora en la cama, es entonces cuando ve la nota, sin comprender desdobla el papel.
“Querida y amada Lucía, el día y la noche de ayer han sido las mejores horas de mi vida. Ojalá tuviera tiempo para poder estar siempre a tu lado y convertirte en la madre de mis hijos.

Pero el destino ha querido que mi paso por este mundo sea corto.

Gracias por darme este maravilloso regalo antes de despedir lo terrenal y perdóname por haberte utilizado, te convertiste en el amor de mi vida desde el día que te conocí y no podía irme sin tenerte entre mis brazos.

Cuando leas esto ya estaré lejos, rumbo a donde pasaré los pocos días que me quedan. Hasta siempre amada mía.”

FIN


Geli Romero Vecino

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